Contra la tolerancia

Publicado en Colegaweb

Observados los comportamientos y las situaciones, ¿qué es entonces la tolerancia sino una intolerancia todavía capaz de vigilarse a sí misma, temerosa de verse denunciada ante sus propios ojos, siempre bajo la amenaza de un momento en que las circunstancias la obliguen a quitarse una máscara de las buenas intenciones que otras circunstancias le pegaron a la piel como si aparentemente fuera la propia? ¿Cuántas personas hoy intolerantes eran tolerantes todavía ayer?
Tolerar (lo enseña el infalible diccionario de Morais) es soportar con indulgencia; soportar. Permitir tácitamente (lo que es censurable, peligroso, merecedor de castigo, etcétera). Permitir por ley (cultos diferentes de los de la religión considerada como del Estado). Admitir. Soportar, asimilar, digerir.
Buena prueba de la última acepción sería, por ejemplo, la frase: Mi estómago no tolera la leche, lo que extrapolando, significa que el tolerante podría alegar que su estómago, en realidad, no soporta a negros ni a judíos, ni a nadie de esa raza universal que llamamos emigrantes, pero que, teniendo en cuenta ciertos deberes, ciertas reglas, y a veces ciertas necesidades materiales y prácticas, están dispuestos a permitirlos, a soportarlos con indulgencia, provisionalmente, hasta el día en que la paciencia se agote o las ventajas proporcionadas por la emigración sufran una disminución sensible.
La tolerancia y la intolerancia son dos grados de una escala que no tiene otros. Desde el primer grado que es el suyo, la tolerancia lanza, a la planicie donde se encuentra la multitud de tolerados de todas las especies, una mirada que desearía que fuera comprensiva, pero que, muchas veces,busca en equívocas formas de compasión y de remordimiento su débil razón de ser.
Desde lo alto del segundo grado, la intolerancia mira con odio la confusión de los extranjeros de raza o de nación que la rodean, y con irónico desprecio a la tolerancia, pues claramente ve que es frágil, asustadiza, indecisa, tan sujeta a la tentación de subir al segundo y fatal grado como incapaz de llevar hasta sus últimas consecuencias su perpleja ansia de justicia, que sería renunciar a lo que ha sido -simple permisión, aparente benevolencia- para convertirse en identificación e igualdad, es decir en respeto. O igualancia, la palabra nueva que falta aunque tenga tan bárbaro sonido...
Tolerantes somos, tolerantes seguiremos siendo. Pero sólo hasta el día en que haberlo sido nos parezca tan contrario a la humanidad como hoy nos parece la intolerancia. Cuando llegue ese día, si llega alguna vez, comenzaremos a ser, por fin, humanos entre humanos.

4 comentarios:

Virginia Yoldi dijo...

Gracias.
Me sentía tan sola cuando en medio de cabezadas de aprobación la palabra tolerancia me resultaba chirriante...
Para tolerar tienes que situarte en un plano de superioridad moral, y el solo hecho de situarte en él te despeña del mismo estrepitosmente, con ruido, con estridencia, sacándote los colores.
No sé. La continua utilización de esta palabra me produce desesperanza. Un abrazo

beatriz ramirez dijo...

pues claro que volveriamos a ser seres humanos, volveriamos a nuestra foema natural, la de micos que pelean hasta por un mango y a la guerra de todos contra todos porque a nadie le gusta lo de otro.

Carina dijo...

Gracias por este espacio!!!, también soy una admiradora del escritor y el hombre. Felicitaciones!!!

Isabel Salas dijo...

Excelente, también me cuesta muchas discusiones defender mi postura intolerante ante algunas situaciones que no consigo soportar ni me esfuerzo en hacerlo, pues considero que es una victoria moral sobre la mediocridad el condenar lo que es claramente condenable.